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Procesión de San Pascual Baylón por las calles ilicitanas

El barrio ilicitano del Plá de San José ha sabido conservar, a lo largo de los siglos, fiestas y celebraciones tradicionales. En la semana del 17 de mayo, onomástica de san Pascual, celebra una de las más típicas de la ciudad de Elche: las Fiestas de San Pascual Baylón,

Esta fiesta tiene lugar en los alrededores de la iglesia de san José; templo que representa una original muestra de finales del renacimiento y comienzos del barroco declarada Bien de Interés Cultural.

San Pascual, patrono de los congresos eucarísticos y de las cocineras, es muy venerado en Elche; no en vano tomó los hábitos en el año 1564, en el ex-convento de san José, habitado por franciscanos y fundado en 1561.

Las calles adyacentes al templo de san José y la plaza de Reyes Católicos se engalanan con adornos festivos, entorno urbano que participa en un concurso, para ser escenarios de estas típicas fiestas de barrio con puestos del mercadillo, ‘sopar de cabasset’ con animación musical, juegos infantiles, actos culturales, participación de los tradicionales ‘cabezudos’... En el ámbito religiosos resaltamos la novena, los gozos, la serenata al santo y por supuesto la procesión.

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La imagen de San Pascvual procesiona por las calles de Elche. Foto: a24.es

Al final de la procesión, en la que participan varias comisiones festeras, así como la Reina y las Damas mayores de las fiestas de Elche, a las puertas de la iglesia de san José, se celebra la tradicional rifa del borrego que permanece en el rebaño de un pastor del Camp d'Elx y se cierra el programa de actos con el lanzamiento del típico castillo de fuegos artificiales. 

Estas Fiestas en honor a San Pascual es una parte muy importante de la tradición popular ilicitana, de su cultura y de su conciencia colectiva.

Para no perderse

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Fuegos artificiales al final de la procesión de San Pascual

La jornada principal de las fiestas se centra en el domingo siguiente al día 17, festividad de San Pascual. Se inicia a las 9 horas con la ‘despertá’, y sigue a las 11:30 horas con la ofrenda de flores. A las 12 horas se oficia la misa solemne en la iglesia de san José. Por la tarde, a las 19:30 horas tiene lugar una eucaristía y, finalmente, a las 20:30 horas la imagen del santo sale en procesión, marcada por la ilusión y la nostalgia, que recorre las calles del barrio del Pla. Los miembros de la Congregación de San Pascual, asociación encargada de la veneración a san Pascual, liberan unas palomas blancas, como es tradición, que vuelan ante la mirada de los cientos de asistentes.

Otro acto a destacar es la Serenata al Santo que tiene lugar en la noche de las vísperas de la festividad de san Pascual, 17 de mayo, en la iglesia de San José.

'Yo, Fray Pascual Baylón' - San Pascual Baylón y Elche

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Por tierras del Vinalopó

Alconchel se me quedaba pequeño. Ya tenía 18 años y había que decidir mi futuro. Mi madre había muerto, y aunque mi madrastra -María García, la «Capellana»- era una buenísima persona, ya no era como antes. La ocasión me vino que ni pintada. Era el tiempo de la trashumancia y teníamos que llevar el ganado hacia Andalucía. Al pasar por Peñas de San Pedro -un pueblecito de Albacete-, me paré a ver a mi hermana Juana, que estaba sirviendo en casa de los señores García Moreno. Estuve con ella unos días y seguí con el ganado. Al llegar a Almansa, me encontré con que un ganadero -el señor Osa de Alarcón- necesitaba un pastor, por lo que me quedé a su servicio, ya que estaba más cerca de mi hermana.

Un tiempo después me salió la proposición de pastorear el ganado del señor Aparicio Martínez en Monforte del Cid, y allí que me fui. Estuve, por lo menos, dos años, y trabé amistad no sólo con el mayoral, Antonio Navarro, sino, incluso, con los zagales.

Luego pasé a Elche, a las órdenes del dueño del ganado Bartolomé Ortiz; un ganado muy grande que para buscarle pastos no sólo había que ir hasta Orito, sino por toda la Vega Baja.

En los cuatro años que pasé trabajando como pastor por estas tierras hice grandes amigos, pero, sobre todo, me encontré con los frailes Alcantarinos que estaban fundando convento en Orito y en Elche. Estos religiosos pertenecían a la Orden Franciscana y, para ser más consecuentes con la vida de S. Francisco y con el Evangelio, habían hecho una Reforma -los Descalzos- de mayor austeridad y contemplación, siguiendo los pasos de S. Pedro de Alcántara.

Trabé una gran relación con ellos y pude comprobar que era la forma de vida que siempre había deseado vivir, hasta el punto de pedirles que me admitieran. Sin embargo las cosas grandes necesitan cierto tiempo para madurar; y mi decisión de hacerme fraile Alcantarino era para mí una cosa grande.

La mayor herencia que pudieron dejarme mis padres, ya que eran pobres, fue enseñarme a ser un cristiano honrado y consecuente. En mi oficio de pastor siempre intenté ser justo y solidario con mis compañeros. Cuando algunas ovejas, en un descuido, entraban en algún sembrado, solía apuntar en mi librito, forrado de piel, el nombre del dueño para resarcirle de los daños; y si no tenía tinta, tomaba un poco de sangre de la oreja de algún cordero. Para evitar esos daños, trataba de no ir por sendas que estuvieran entre trigales. Pero si, por desgracia ocurrían, o lo pagaba con mi dinero o les ayudaba a segar, que para eso llevaba una hoz en el zurrón.

 

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Otra de las cosas que me enseñaron mis padres fue a respetar lo ajeno. En una ocasión, siendo todavía niño, un mayoral trataba de obligarme a que robara uvas para comer los pastores. Yo me negué en redondo aduciendo que no pensaba hacerlo, y si quería uvas que se las comprara. Esta actitud la mantuve siempre, por lo que nunca tomaba fruta de los árboles por donde pasaba.

Siempre traté de ser honesto con los demás e ir con la verdad por delante. Tan es así que cuando me tocaba ir a declarar, por algún problema con el rebaño, el juez nunca me pedía el juramento, cosa extraña entre pastores que teníamos fama de mentirosos. Otra cosa que siempre procuré fue aceptar mis responsabilidades. Como algunas veces llevaba zagales a mi cuidado, tuve que comprarme un reloj para saber con exactitud las horas de salida y de llegada, así como el tiempo para las comidas.

A estos zagales, prácticamente unos niños, yo les enseñaba el catecismo y los secretos del oficio, como el no tirar piedras a las ovejas o llevar cuidado con los mastines para que no mordieran a los transeúntes. Y como las enseñanzas entran mejor con los ejemplos, yo trataba de ser alegre y comprensivo con ellos, a pesar de mi carácter reservado, acompañando sus cantos con el rabel y haciendo las faenas más duras y molestas. Ellos, a su vez, también me hacían algunos favores, como tener cuidado del ganado cuando, todas las mañanas, asistía a misa en la ermita

Una vez el dueño del ganado me llamó la atención porque siempre lo llevaba al mismo sitio, los alrededores de Orito. Y era cierto, pues tanto me admiraba esa vida que llevaban los frailes, que estaba siempre cerca de la ermita de Nuestra Señora de Loreto; dormía en una loma cercana al convento y por la noche iba a orar a la puerta del santuario de la Virgen, y por la mañana a misa. Por lo que le contesté al dueño que ni yo ni el ganado nos encontrábamos bien fuera de allí; una prueba de ello era que el ganado engordaba a la vista de Nuestra Señora.

Este continuo merodear por la ermita era una expresión de mi madurez como cristiano. Aunque siempre me habían atraído, pues al centrar mi mirada en ellas casi veía a la Virgen o al Señor -objeto de mi oración-, ahora sentía una fuerza que me arrastraba a compenetrarme con Jesús, olvidándome por completo de lo que pasaba a mi alrededor. Algún compañero llegó a decir, incluso, que me elevaba del suelo.

 

La Eucaristía, sacramento de mi fe

Lo cierto es que para mí, la Eucaristía era el centro de la fe. La Reforma luterana, que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, había provocado una reacción en toda la cristiandad -pero sobre todo en España- a favor de la presencia real del Señor en el Sacramento; de ahí la insistencia en el adoctrinamiento y las expresiones que defendieran tal realidad.

Mi madre trató siempre con mucho respeto al Sacramento. Mientras pudo, asistía a la Misa que se celebraba en la iglesia; pero estando ya para morir -la pobre murió joven- le trajeron el Viático y, al oír la campanilla, se levantó de la cama y se puso de rodillas para recibirlo.

Pues bien. Mi madre, siendo yo de pañales, me llevaba en brazos a misa; y yo, con mis ojos pequeños pero inquietos, no perdía detalle de las ceremonias que el sacerdote realizaba en el altar. Un día, gateando, desaparecí de casa, que estaba a unos metros del templo. Mi madre y las vecinas me buscaron, desesperadas, por todo el pueblo, hasta que se les ocurrió entrar en la iglesia y me encontraron sentado en una grada del altar mayor viendo de cerca el sagrario que para mí constituía un misterio.

Esta atracción por la Eucaristía siguió creciendo, hasta el punto de que acudía a misa siempre que me era posible; y cuando, por cuestiones de trabajo, no podía ir, centraba toda mi atención al oír la campana de la iglesia anunciar la elevación o el «alzar a Dios», como decíamos en el pueblo. En tales ocasiones prácticamente «veía» el desarrollo de la ceremonia, la elevación de la hostia y del cáliz, por lo que podía adorarlos con más naturalidad. De ahí la creencia de que los ángeles rasgaban el cielo para enseñarme a Jesús sacramentado; y la verdad es que no me hacía falta nada de eso, ya que el Señor me había dado la suficiente fe para poder adorarlo cuando el sacerdote lo mostraba a los fieles, aunque no lo viera materialmente.

De pastor a fraile

Después de cuatro años de conocer la vida de los frailes, y supongo que los frailes la mía, pedí el ingreso en el convento de Orito. Pero como el Custodio -al que le tocaba recibirme- estaba en Elche, allí que me mandaron. Tomé el hábito el 2 de febrero de 1564, y un año después profesé en Orito.

Atrás quedaba toda una vida de pastor que, si bien en su materialidad no aportaba mucho a la vida religiosa, sí que me había preparado para afrontarla con generosidad y empeño.

Extraído de 'Yo, Fray Pascual Baylón'.

Autor: Julio Micó, O.F.M.Cap. Fraternidad de Hnos. Menores Capuchinos, Alicante 2001

 

Los Cabezudos

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Cabezudos de Elche

Desde hace siglos encontramos en fiestas de toda España las comparsas de cabezudos, a veces acompañadas de gigantes y otras veces con entidad propia. Consisten en grandes cabezas elaboradas con materiales ligeros que se portan sobre los hombros, normalmente caracterizadas como personajes burlescos o típicos, que desfilan durante las fiestas para amenizar a los asistentes con sus bailes y piruetas, a menudo repartiendo caramelos o interactuando con el público.

Su  origen parece estar ligado al Corpus Christi, aunque pronto se extendieron a todo tipo de celebraciones. En Elche son figuras indispensables en las fiestas de San Pascual y en la Venida de la Virgen, en cuyos programas se documenta su presencia desde principios del siglo XIX, aunque se sabe que viene de antes.

Programa de Actos - Año 2021

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