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Las Móndidas en las Fiestas de San Juan de San Pedro Manrique

Tras la mágica Noche del Paso del Fuego, el día de San Juan en el municipio soriano de San Pedro de Manrique, por tradición, es el Día de las Móndidas. Elegidas por sorteo de entre las mujeres jóvenes en edad casadera, presiden el Paso del Fuego el 23 a medianoche.

La fiesta comienza muy de mañana cuando un jinete a lomo de su corcel, vestido a la antigua usanza dieciochesca y tocado con un negro bicornio, recorre las calles del pueblo simulando la expulsión de judíos y forasteros y el fin del tributo de las cien doncellas.

A continuación las Móndidas recorren el pueblo vestidas con un traje típico que está constituido por un vestido blanco, un mantón de manila, joyas, amuletos y un sombrero muy especial y típico también a manera de cesto llamado cestaño que está adornado con flores, una torta de pan y varitas de harina y azafrán.

Este acto es una conmemoración de la abolición del tributo de las cien doncellas tras la derrota a los moros entre los siglos VIII y IX.

Las Móndidas se dirigen acompañadas de autoridades y vecinos hacia la Plaza de la Cosa donde verán la Caballada; es una carrera de caballos a pelo en la que se premia a los vencedores con roscas iguales a las que portan las Móndidas en los cestaños.

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Las Móndidas recitan las 'cuartetas', Foto: Luis Ángel Tejedor

Se celebra una misa y se realiza la procesión de la Virgen de la Peña, a quién las Móndidas entregan sus 'arbujuelos'. Después, en la plaza, los vecinos comparten el 'remojón' que es el vino tinto con azúcar y pan; aquí los quintos son los protagonistas en 'la pingada de mayo' en la plaza Mayor, plantando el chopo más bonito y grande, que se queda hasta la fiesta de San Pedro.

Las Móndidas recitan unos versos de amor ('cuartetas') y se inician los 'bailes de la jota' con las autoridades municipales y danzas hasta el fin de la fiesta.

Las Móndidas

Muy de mañana, el día de San Juan la plaza Mayor de San Pedro Manrique, donde se encuentra el ayuntamiento, empieza a poblarse de valientes vespertinos que acuden, poco a poco, a presenciar la continuación de la Sanjuanada. Más tarde, sobre las frías piedras de las calles comienzan a resonar ecos lejanos de cascos equinos. De pronto, al revolver una esquina, aparece majestuosamente el primer caballero a lomos de su corcel. Es el primer concejal que acude a la mágica cita. Pronto irán acudiendo los demás.

Mientras, en las casas de las tres Móndidas reina una febril actividad. Es un femenil barullo. La Móndida, las parientes más próximas y algunas sampedranas se afanan ultimando los detalles. Sobre una mesa está ya puesto el cestaño en cuyo interior se depositan dos roscos y, dentro de ellos, tres panecillos alargados.

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Los caballos y su protagonismo en la Caballada. Foto: J.M. Cadenas

También se colocarán unas piedras que le darán estabilidad, si bien harán subir su peso hasta los 15 kilos. Los suficientes para dar más de un dolor de cabeza a las Móndidas que, más finas que las de antaño, ya no están acostumbradas a llevar pesos sobre la cabeza.

Cada Móndida vestirá su traje blanco de pies a cabeza, aunque luego estropeará el níveo efecto poniéndose un mantón escasamente tradicional, que fuera introducido en la fiesta por ocurrencia de un indiano ricachón. Bien es verdad, por otra parte, que en las primeras horas de la mañana de San Juan se debe agradecer su cálido tacto.

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La 'Pingada de Mayo'. Foto: Luis Ángel Tejedor

En esto, los caballeros están simulando expulsar de la villa a judíos y forasteros. Parten entonces los ediles transmutados en bélicos jinetes y recorren los campos circundantes. Es durante este periplo cuando consumen unos roscos especialmente elaborados en todo San Pedro la mañana de San Juan. Vuelven luego junto a la ermita del Humilladero pues es allí adonde habrán llegado las Móndidas y donde van a recibirlos.

Una vez juntos ediles y Móndidas, asisten a una violenta cabalgata que ha de celebrarse montando los caballos a pelo, sin montura alguna, a lo largo de la dilatada avenida que va desde la ermita a la entrada del pueblo. Los vencedores serán premiados con roscas idénticas a las que llevan las Móndidas dentro de sus cestaños. Antaño se les entregaban éstas mismas, pero ahora las Móndidas gustan de conservarlas como recuerdo y entregan otras similares a los caballistas.

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Las Móndidas. Foto: mancomunidadtierrasaltas.es

Es entonces cuando las Móndidas recitan las cuartetas compuestas por algún amigo o conocido a veces, y otras por algún poetastro de la capital. Suelen tratar del tributo de las 100 doncellas entregado a la morisma durante el reinado del rey astur Mauregato. Muy de mañana, el día de San Juan la plaza Mayor de San Pedro Manrique, donde se encuentra el ayuntamiento, empieza a poblarse de valientes vespertinos que acuden, poco a poco, a presenciar la continuación de la Sanjuanada. Más tarde, sobre las frías piedras de las calles comienzan a resonar ecos lejanos de cascos equinos. De pronto, al revolver una esquina, aparece majestuosamente el primer caballero a lomos de su corcel. Va ataviado a la antigua usanza dieciochesca y se toca con un negro bicornio. Es el primer concejal que acude a la mágica cita. Pronto irán acudiendo los demás.

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La Caballada. Foto: mancomunidadtierrasaltas.es

Mientras, en las casas de las tres Móndidas reina una febril actividad. Es un femenil barullo que no admite la presencia de mozos ni hombres. La Móndida, su camarera, las parientes más próximas y algunas sampedranas de edad se afanan ultimando los detalles. Sobre una mesa está ya puesto el cestaño o canastillo en cuyo interior se depositan dos roscos y, dentro de ellos, tres panecillos alargados. También se colocarán unas piedras que le darán estabilidad, si bien harán subir su peso hasta los 15 kilos. Los suficientes para dar más de un dolor de cabeza a las Móndidas que, más finas que las de antaño, ya no están acostumbradas a llevar pesos sobre la cabeza.

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El 'Baile de la Jota'. Foto: mancomunidadtierrasaltas.es

Cada Móndida vestirá su traje blanco de pies a cabeza, aunque luego estropeará el níveo efecto poniéndose un mantón escasamente tradicional, que fuera introducido en la fiesta por ocurrencia de un indiano ricachón. Bien es verdad, por otra parte, que en las primeras horas de la mañana de San Juan se debe agradecer su cálido tacto.

En esto, los caballeros están simulando expulsar de la villa a judíos y forasteros. Parten entonces los ediles transmutados en bélicos jinetes y recorren los campos circundantes. Es durante este periplo cuando consumen unos roscos especialmente elaborados en todo San Pedro la mañana de San Juan. Vuelven luego junto a la ermita del Humilladero pues es allí adonde habrán llegado las Móndidas y donde van a recibirlos.

Una vez juntos ediles y Móndidas, asisten a una violenta cabalgata que ha de celebrarse montando los caballos a pelo, sin montura alguna, a lo largo de la dilatada avenida que va desde la ermita a la entrada del pueblo. Los vencedores serán premiados con roscas idénticas a las que llevan las Móndidas dentro de sus cestaños. Antaño se les entregaban éstas mismas, pero ahora las Móndidas gustan de conservarlas como recuerdo y entregan otras similares a los caballistas.

Es entonces cuando las Móndidas recitan unos poemas o cuartetas compuestas por algún amigo o conocido a veces, y otras por algún poetastro de la capital. Suelen tratar del tributo de las 100 doncellas entregado a la morisma durante el reinado del rey astur Mauregato.

Publicado en sanpedromanrique.net

Fotografías

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Las Móndidas asisten a los actos religiosos. Fotografía: Luis Ángel Tejedor

Programa de Actos

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Las Móndidas protagonistas de la fiestas. Foto: Al Sango

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