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La Procesión votiva de las Mortajas es multitudinaria

En la margen derecha de la Ría de Arousa, se sitúa la parroquia O Deán, perteneciente al concello de A Pobra do Caramiñal, donde la muerte es objeto de celebración. Sus vecinos, vela en mano, rinden culto a una curiosa tradición, con ataúdes incluidos, que proviene del siglo XV. Desde entonces, la tradición no ha decaído.

Aquellos que estuvieron rozando la muerte se ofrecen a Jesús el Nazareno. Cirios y féretros llevados por los familiares y un fervor que no intenta contenerse estremecen al más escéptico. Todo un canto a los umbrales de la muerte que resulta sobrecogedor.

Los participantes, como agradecimiento, el día de la procesión caminan tras aquél que debía de haber sido su propio féretro, el cual llevan sus familiares vistiendo un hábito morado y portando un gran cirio. La fiesta se inicia el viernes del fin de semana de tercer domingo y finalizan el lunes siguiente, además de la Procesión Votiva en el programa no falta conciertos, verbenas actos culturales, actividades para niñ@s, pasacalles, fuegos artificiales...

Si duda, una recomendable fiesta para desdramatizar el acontecimiento tabú que nuestra cultura esconde bajo la alfombra.

Origen de la Fiesta de las Mortajas

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El culto hacia Jesús el Nazareno se remonta, en la localidad de Pobra al siglo XIV, pero no hay constancia de la Procesión de las Mortajas hasta el XV, cuando la comarca estaba asediada por unos vándalos que utilizaban la sierra para esconderse. Tras coger a cuatro de los componentes de ese grupo, en vísperas de la fiesta en honor del Nazareno, el Alcalde mayor de la villa de Deán los condenó a muerte. Don Juan Linares, que así se llamaba el regidor, comenzó a encontrarse muy enfermo y, escuchando el repique de campanas en A Pobra do Caramiñal desde su lecho, rogó a Jesús por la salvación de su alma.

Era el tercer sábado de septiembre y Juan Linares hizo que sus criados llamaran a un carpintero para que le hiciese con urgencia un féretro a su medida. Al día siguiente, durante la procesión, el Alcalde, vestido con sus mejores galas, acompañó la imagen de Jesús siguiendo a su propio ataúd, que cargaban los cuatro reos. Finalmente, al llegar al atrio de la iglesia, el Alcalde perdonó la vida a los reos, no sin antes increparles por sus fechorías. Ese parece ser el origen de tan singular ritual.

Programa de Actos

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